CAJÓN DE SASTRE DE UNA HORMIGA DISIDENTE E INDIGNADA



jueves, 16 de abril de 2009

LA MUJER QUE FUNDÓ EL CRISTIANISMO


La consideración de la mujer en el origen del cristianismo. La mujer que fundó el cristianismo (según Jean Yves Leloup)
María Magdalena es una mujer hermosa, deseable a los hombres pero muy rechazada por éstos porque se atreve a entrar en el lugar prohibido a una mujer, pues la ley hebrea impedía a las mujeres el acceso al estudio del conocimiento espiritual. Es, en este sentido sin duda, por lo que era considerada una “pecadora”.
María Magdalena estaba fuera de la ley porque no se conformaba con las leyes de la sociedad hebrea de la época, en la que el Conocimiento es un asunto de hombres y en la que las mujeres no tienen derecho a estudiar los secretos de la Torah.
María Magdalena sentía un anhelo de conocimiento tan intenso que infringía la ley y se las arreglaba para estar cerca de donde los hombres de conocimiento, los rabinos, debatían y practicaban las enseñanzas más profundas y sutiles de su tradición.Todas las potencias de su ser la conminaban a ir más allá de los convencionalismos. Su espíritu, apasionado y libre, la empujaba a conocer lo que la rodeaba sin respetar las normas sociales de su comunidad. Al mismo tiempo, cuando conoció a Jesús, debía ser una mujer influyente, pues osaba violar la ley sin recibir castigo público.
Ella escucha a Jesús en una de sus predicaciones y sus enseñanzas le tocan profundamente el corazón. Tan profundamente que se siente completamente transformada y reconocida en ese Sagrado Corazón; se siente intensamente agradecida y reconfortada en el Espíritu: existe un hombre que vibra en una frecuencia que la sobrepasa, que le produce un anhelo sofocante del Espíritu; ella simplemente sabe que este hombre ha realizado su auténtica naturaleza original, que es la encarnación viviente de un ser humano pleno de su naturaleza divina.
María Magdalena, al escucharle, no tiene dudas, no necesita predicaciones para convencerse, ella sencillamente “ve”, “sabe”. Su gran poder espiritual se manifiesta en la Visión y Sabiduría silenciosa, sin palabras. Y también se manifiesta en su fuerza y valentía para ser ella misma e ir al encuentro del hombre auténtico.
Y acude allí donde se encuentra Jesús, sin importarle el escándalo de los rabinos, viola una vez más la ley de Moisés, el gran patriarca, para honrar con todo su ser al Hombre real, para manifestar en silencio su reconocimiento y postrarse a sus pies, no en señal de sumisión y humillación, sino muy al contrario, en señal de amor a su encarnación: el Espíritu de Dios hecho cuerpo: pues son los pies de Jesús lo que ella honra y cuida.
Ella venera la forma humana en la que se ha encarnado el Espíritu plenamente realizado. Y con sus cabellos, que simbolizan su propia naturaleza espiritual, lava los pies de Jesús, que simbolizan la naturaleza corporal del Espíritu. Y en este sencillo gesto está Maria Magdalena derramando la alegría gozosa del Encuentro con lágrimas destiladas del corazón más puro: lo masculino y lo femenino integrados.
Y Jesús, en pleno reconocimiento, le invita a ir hacia ella misma; no trata de retenerla ni poseerla. “Ve, y no peques más”, le dice. Es decir, ve hacia ti misma, hacia tu propio corazón y no te alejes de tu ser, no desees algo fuera de ti, no quieras nada que no sea tu puro centro del Ser. Sé libre, yo no te retengo, no te poseo, no te manipulo.Con esta frase Jesús no está manifestándole una superioridad moral, ni una admonición sino, muy al contrario, le manifiesta el más profundo y desprendido respeto hacia su ser y su naturaleza femenina.
La etimología griega de la palabra pecado es harmatia, que quiere decir falta de centro, falta de núcleo, desorientación del deseo, descentramiento de ser. La connotación sexual del término, especialmente en este pasaje del Evangelio es una interpretación muy desvirtuada y surgida muchos siglos más tarde, en las épocas más oscuras del cristianismo .
Y María Magdalena se levanta y se marcha, recorriendo la sala ante la perpleja mirada de los rabinos que no comprenden nada, en la plena manifestación de su dignidad como mujer y de su sabiduría espiritual, libre de pesados fardos de culpa que solamente pesan a los hombres que la acusan de prostituta, es decir, aquélla que está fuera de la ley.Pero, ¿la ley de quién?
Sin embargo, ella no les reclama nada, no les pide comprensión, no reivindica su dignidad, no espera que ellos la consideren su igual, pues su plenitud dimana de ella misma según su propia naturaleza femenina y no necesita recibirla ni reclamarla con resentimiento.
Y Jesús, al escuchar el reproche de Simón por su actuación con María Magdalena, una pecadora, le dice: “Simón, tú no has ungido mi cabeza...”. Y Jesús con esto no le está recriminando que debería adorarle ni servirle, sino que le está haciendo ver que él no ha comprendido todavía de qué trata su enseñanza y su testimonio y, en cambio, María Magdalena la ha encarnado y realizado.
Este pasaje del Evangelio contiene una gran enseñanza sobre la realización e integración de lo masculino y lo femenino.
Si en el budismo se han relegado al olvido las historias de las magníficas maestras y bodisatvas que seguro las ha habido a lo largo de su historia espiritual, en el cristianismo las referencias espirituales femeninas han sido intolerablemente manipuladas por las sucesivas interpretaciones del mensaje fundamental de Jesús el Cristo.Según las recientes traducciones de los Evangelios Apócrifos, entre los que destacan el Evangelio de María y el de Felipe, los propios discípulos varones de Jesús no podían aceptar que Jesús hubiera enseñado a María Magdalena cosas que a ellos no les había transmitido.La difusión del Evangelio de María es muy reciente y todavía no está estudiada ni aceptada por las Iglesias cristianas.
Así pues, la tarea de recuperación de los referentes espirituales femeninos está apenas comenzando en occidente. Ésta es una labor que el mundo necesita, atormentado por la falta de paz social, mental, espiritual. Alguien dijo que el día en el que se acabe la lucha entre los sexos se acabarán todas las guerras.

Mar López

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