Cuando el instinto, el deseo y las fuerzas esenciales de un hombre y una mujer se unen, puede darse un estado alterado de la conciencia que transciende las barreras de la mente. Una especie de meditación activa.
Prescindir de los esquemas mentales, de nuestros principios arraigados, de los prejuicios sobre nuestro propio yo reafirmados aún más cuanto más repetimos nuestras rutinas mentales; puede resultar liberador, gratificante y muy útil como aprendizaje, pero existe también la otra cara de la moneda.
Rompiendo barreras los instintos más recónditos, las actitudes reprimidas, los deseos inconfesables pueden surgir a la luz y, liberados de su carcelero, tomar las riendas y manifestarse con total aceptación por parte de la persona “liberada”.
La persona que ha tenido una formación espiritual (por ejemplo: yama-niyama), ha asimilado los conceptos y los traslada de su práctica personal a su vida diaria, tiene más capacidad y más fuerza para discernir y darse cuenta de hasta que punto esas manifestaciones deben ser encauzadas o, por el contrario, si resulta correcto darles rienda suelta, conscientemente, como un medio de aprendizaje y de conocimiento directo muy necesario a veces.
Aquí se tiene que ver con claridad y saber que aunque estas actitudes formen parte de nuestro ser NO SON NUESTRO SER.
El apego o la identificación con estos estados deben ser igualmente rechazados tanto para lo que consideramos “bueno” como para lo que consideramos “malo”.
No me refiero aquí a bien ni mal en un sentido social, cultural o familiar, ni a lo que se supone que se debe hacer según las “normas” no escritas de convivencia grupal; sino a actuar correctamente, según dicte la intuición y la sabiduría (que no la mente pensante).
Ahí se puede ver si somos realmente honestos con nosotros mismos, si somos capaces de aceptar, de asimilar y de actuar en consecuencia a lo que sabemos que es lo correcto.
La atención, la ecuanimidad y la perseverancia, actitudes que se van incrementando con la práctica de la meditación, son fundamentales en estos momentos para discernir y actuar correctamente.
Aceptar, observar, soltar, dejar que se manifiesten, sí; pero sin identificación. Con ecuanimidad, con distancia y abriendo el campo del foco se puede ver todo el conjunto, no solo una parte. Sacar conclusiones sin juzgar y aprender ha de ser el objetivo.
La otra persona es nuestro espejo, nuestro maestro, nuestro aprendiz. Compartir ese aprendizaje es lo más valioso a lo que podemos aspirar.
Dedicado a todas las personas que ansían,
por encima de todo, aprender y compartir.
por encima de todo, aprender y compartir.
MCD, DIC-10
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