CAJÓN DE SASTRE DE UNA HORMIGA DISIDENTE E INDIGNADA



sábado, 21 de noviembre de 2009

LA REENCARNACIÓN Y LA FIGURA DEL TULKU EN EL BUDISMO TIBETANO
















Los que no han practicado ningún entrenamiento mental –dicen-, que viven como bestias, cediendo inconscientemente a sus impulsos, pueden ser asimilados a un hombre errando a la ventura, sin seguir ninguna dirección definida.
Por ejemplo, divisa un lago al este, y como tiene sed, el deseo de beber le empuja a ir hacia esa parte. Cuando está cerca siente olor a humo, que despierta en él la idea de una casa o de un campamento. Sería placentero, piensa, beber té en lugar de agua y tener donde guarecerse durante la noche. Deja, pues, el lago antes de llegar a la orilla, y como el olor viene del norte, dirige hacia allí sus pasos. Mientras va caminando, antes de ver alguna casa o alguna tienda, se le presentan los fantasmas amenazadores. Horrorizado, el vagabundo huye lejos de los monstruos para no temer nada de ellos, se para. Entonces pasan otros vagabundos de su calaña. Alaban los encantos de cualquier país bendito, tierra de abundancia y de alegría, adonde se encaminan. Lleno de entusiasmo, el hombre errante se les agrega, dirigiéndose al oeste. Y, una vez más, en este camino, otros incidentes le harán cambiar de rumbo sin haber entrevisto siquiera el reino de la felicidad.
Y así, cambiando continuamente de dirección toda su vida, aquel loco no alcanzará nunca su meta.
La muerte le sorprenderá en el curso de sus descabelladas peregrinaciones, y las fuerzas antagónicas, nacidas de su actividad desordenada, se dispersarán. No habiéndose producido la suma de energía necesaria para determinar la continuación de una misma corriente, ningún tulku puede formarse.
Por el contrario, el hombre iluminado se compara a un viajero que sabe adonde quiere ir y está bien informado de la situación geográfica del sitio que ha escogido como objetivo y de los caminos que ha de seguir. El espíritu, enteramente absorto en su tarea, ciego y sordo a los espejismos y a las tentaciones que se le presentan a cada lado del camino, no se aparta para nada de su ruta. Este hombre dirige las fuerzas engendradas por su concentración del pensamiento y por su actividad física. En el camino la muerte puede disolver su cuerpo, pero la energía psíquica de la que éste ha sido a la vez creador e instrumento, permanece coherente. Obstinándose hacia el mismo fin, se provee de un nuevo instrumento material, es decir, de una nueva forma, que es el tulku.
Aquí se presentan varios puntos de vista. Algunos lamas creen que la energía sutil que subsiste después de la muerte del que la engendró –o alimentó si es ya tulku que pertenece a descendencia de encarnaciones- atrae hacia sí y agrupa elementos simpáticos, y de este modo se convierte en la simiente de un nuevo ser. Otros dicen que el haz de fuerzas desencarnadas se une a un ser ya existente cuyas disposiciones físicas y mentales, adquiridas en vidas pasadas, permiten una unión armoniosa.

MAGOS Y MÍSTICOS DEL TIBET
Alexandra David-Neel
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