CAJÓN DE SASTRE DE UNA HORMIGA DISIDENTE E INDIGNADA



domingo, 22 de febrero de 2009

¿POR QUÉ AYUDAS A TU PRÓJIMO?



Imaginémonos a un grupo de personas, cada una de ellas metida a fondo en alguna obra de caridad o en algunas actividades políticas y sociales útiles, todos ellos por motivos altruistas. Si alguien les pregunta: “¿Por qué ponéis tanto empeño en ayudar al prójimo?”, obtenemos las siguientes respuestas. El primero dice: “Considero un deber y una obligación moral ayudar al prójimo.” El segundo replica: “¿Obligación moral? Al cuerno con las obligaciones morales. Lo que sucede es que Dios me condenará si veo como el prójimo es oprimido sin hacer nada al respecto.” El tercero replica: “A mí tampoco me preocupan cosas como los deberes o las obligaciones morales. Lo que sucede es que me dan mucha pena estas personas y trato de ayudarlas.” El cuarto dice: ”¿Por qué hago lo que hago? Para ser sincero, no tengo ni idea. Va con mi naturaleza el hacerlo de este modo. Es todo lo que puedo decir.”
Me gustaría comparar estas cuatro respuestas. Me encanta la última. Tiene un aire muy taoísta o zen. Se trata del sabio o santo verdadero que parece estar en total armonía con el Tao. Se trata de aquel que ayuda de un modo completamente natural y espontáneo sin tener consciencia de ello. Si existe Dios espero que deje que entre el primero en el cielo. Pegado a su rueda espero que lo haga el tercer hombre. Me parece un cierto tipo de budista; sin ser una persona moral es compasiva, aunque quizás tenga demasiada conciencia de ello.
Es interesante comparar al primero con el segundo. Ambos son muy asertivos, pero muy diferentes. El segundo, aunque algo brusco, es encantador y simpático. Me da la sensación de ser “el hombre con el corazón de oro” (como alguno de los papeles de Humphrey Bogar). Es realmente una persona muy cariñosa que de algún modo se avergüenza a la hora de admitir el hecho y no quiere parecer sentimental. Si yo fuera Dios, evidentemente, le dejaría entrar en el reino de los cielos.
Pero el primer hombre ¡Dios mío que monstruosidad! Siento ofender a los lectores que han crecido en una tradición puritana, pero no aguanto más. Las personas como el primer hombre son tan pomposas, vanas, egocéntricamente afirmativas, puritanas, inhumanas, egoístas, dominadoras y desagradables. Se trata de gente que actúa por “principios”. En cierto modo, son incluso peores que la gente que no ayuda a los demás. Si yo fuera Dios, evidentemente, también los dejaba entrar en el cielo, pero no enseguida. Primero los devolvería a la tierra unos años para que se “disciplinaran” un poco más.
Algunos lectores pragmáticos podrían decir “¿Por qué subrayar tanto el modo en que se dicen las cosas? ¿No va todo a un mismo sitio? ¿No es más importante en qué grado ayudas a una persona que los motivos o razones para hacerlo?” Mi respuesta es “No.” Considero que si los actos de las personas ayudan, pero se llevan a cabo con un espíritu equivocado, pueden a largo plazo convertirse en tan dañinos como los actos que no ayudan para nada. Creo que me he visto muy influido por el proverbio chino que dice: “Cuando el hombre incorrecto hace lo correcto, normalmente se vuelve incorrecto.”

Raymond M. Smullyan. Silencioso Tao.
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